Thursday, November 03, 2005

Embriaguez en el Universo Paralelo


Navarro, amiga de la vida, aquí va, con amor para vos.

Si yo todavía creyera que mi vida y el mundo se rigen por la magia, las casualidades, las coincidencias y, por supuesto, las canciones, podría llevar todavía mi vida según señales. Podría pensar que las líneas que llegan a mis ojos son realmente mensajes del Gran Más Allá y que de la mano de una revista, un libro y una canción, debería zarpar hacia una especie de tierra prometida sólo para mí, donde habitan las mariposas que ya no vuelan entre mis tripas y, por supuesto, las canciones de mi vida. A veces recuerdo mi antes lúdica y convenientemente esotérica forma de mirar e interpretar los sucesos de la vida. Y pienso en un capítulo de Sex and the City, en que Carrie se quejaba de haberse puesto demasiado cínica y yo me pregunté si acaso yo no estaba siguiendo ese mismo camino. Y como siempre, las preguntas surgían de una serie de televisión, película o canción.

Casarme y tener hijos han sido las mejores experiencias de mi vida. Arrolladoras las dos. Todavía, luego de casi 8 años con el mismo hombre y casi 5 de maternidad, me debato, por momentos, entre mi mundo y el mundo. Y esto no es una queja. No podría serlo, cuando es haberme casado y tenido hijos lo único verdaderamente real en mi vida. Antes de casarme, era solo un proyecto de algo, un borrador que no llegaba nunca a definitivo. La noche antes de casarme, pensé en las cosas que ya nunca habría hecho y en los hombres con que no me había casado y con los que ya no me casaría jamás. Es que hasta esa noche, habité en el universo paralelo, donde todo podía suceder pero nada pasaba, ese lugar donde todos los días es el día que nunca fue. Y donde todo tiene solución. Pero cuando te casas, todo es, y deja consecuencias, en otro. Para qué hablar de tener hijos.

Tal vez la gran diferencia entre la vida en ese mundo y en el mundo radique en lo de las consecuencias. Antes de casarte, de tener hijos, simplemente disparas y el otro decide si sigue ahí para que lo remates. A veces ni te piden explicaciones. Cuando te hacen daño, es tu turno de decidir, lo que quieras. Pero una vez cruzado el umbral del compromiso con otro, debes vivir para contar. Y es cuando el asunto del universo paralelo comienza a complicar. Cuando decidimos, porque queremos, actuar en el mundo. Hacer del mundo nuestro mundo. El momento en que nos disponemos a reclamar ese pedazo al que tenemos derecho.

Para quienes vivimos luchando contra la fuerza centrífuga, siempre a un segundo de salir despedidos hacia ese lugar donde todo es mejor y más inolvidable, por más que no real, el compromiso pasa a ser el punto del que hay que agarrarse cuando ya se está por llegar al borde.
La pregunta que surge entonces es ¿por qué, si hemos elegido entrar en el mundo, miramos al universo paralelo como una especie de paraíso perdido? Yo creo que es porque sentimos que sólo ahí seguimos siendo libres. Libres para pensar, para fantasear, para preguntarnos cosas y hacer tonteras memorables. ¿Y por qué? Bueno, eso ya es más propio de cada una, pero creo que tiene que ver con haberle encontrado un sentido y hasta un gustillo a la soledad adolescente.
Pienso en mis 15, mis 18, esa época para la que el universo paralelo fue la única salvación, un refugio para tiempos de tormenta, mientras todo se caía a pedazos. Un cielo protector. Pienso en nuestros veranos llenados con libros, dibujos, películas y, por supuesto, canciones. Un mundo tibio que nos protegía de cualquier dolor adicional. Nuestra cuota permanente de dolor estaba confortablemente anestesiada al entrar en él, y mientras permanecíamos ahí, nada podía alcanzarnos. Obligaciones tampoco existían. Nadie podía mandarnos ni decirnos como ser. Y si bajábamos a la vida, era sólo para almorzar, era sólo por un rato. Encumbrarse con canciones fue una necesidad. Que se volvió vicio.

Tal vez lo que nos atrae hacia el universo paralelo y sus parajes sónicos es la nostalgia de esa libertad y de esa anestesia de los dolores de la vida y de los ataques de nosotras mismas. Porque ahí no hay obligaciones. No hay culpas. Y nuestras neurosis y obsesiones no dañan a nadie. Todo está permitido y todo sucede a cada momento, una y otra vez. Y el artefacto estrella del lugar, la música, nos lleva donde queramos, donde quien queramos y por unos pocos minutos, todos nuestros sentidos son dominados por el oído. Por eso todavía construimos recuerdos, los reciclamos y damos a las canciones un nuevo significado, un nuevo sentido. Una vez escribí sobre revivir el pasado y sentir ganas volver, para festejar y celebrar el aquí y el ahora. Aún habiéndose ido las mariposas. Y esta es la gran paradoja. Y como una vida sin ironías no sería la gesta que queremos, a pesar de las bondades del universo paralelo, llegamos a la única conclusión posible: el mundo real supera a todo lo vivido y por vivir allá. Y nos dan ganas de ser héroes del mundo real, queremos vivir en él, amamos por sobre todas las cosas nuestra vida, a nuestro marido, a nuestros hijos. Soportamos las obligaciones, lidiamos con las culpas y a ratos dejamos que crean que nos dicen cómo ser. Pagamos con gusto el precio de entrar al mundo.

No creo haberme vuelto cínica, pero tampoco creo que realmente quiera guiar mi vida por señales y supuestas casualidades. Hoy quiero certezas. Y límites. Y aunque a veces me confunda pensando que ese universo paralelo quiere tragarme y sacarme de donde he elegido estar, y sienta a las canciones como tentáculos que me arrastran hacia las mariposas perdidas, sé y puedo ver que ahí en verdad nunca hubo vida, ni la habrá. Al menos no la que quiero. Si ni siquiera los recuerdos atados a las canciones son, a veces, otra cosa que mitos y leyendas que nos ayudaron a sobrevivir en tiempos difíciles. Y entonces, ¿qué hacemos con ellos? Simplemente, guardarlos y atesorarlos. Ponerlos junto con cada una de nuestras canciones. Conservarlos, acaso como un pasaje de vuelta, por si un día tuviéramos que volver al universo paralelo. Así que, amiga, ya sabes lo que hacer cuando nos levantamos con esas eternas tramposas, Nostalgia y Melancolía: escuchar canciones. Sin miedo. Incluso las que llegaron demasiado tarde. Porque algunos días hasta se pueden sentir las mariposas.

1 Comments:

Blogger Fran Pérez said...

Comandante, Grande, como siempre. Perturbadoramente emocionante.
Y claro que había otras opciones, JAJA.
Lo mismo digo, Amiga.

1:40 PM  

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