Wednesday, May 03, 2006

Leaves Are Falling

El fin de semana logramos ir a La Invernada. Como siempre que abajo hay un día horrible, frio y nublado, arriba no había ni una sola nube. La antesala de momentos perfectos. El otoño llegó al cajón; los álamos ya perdieron las hojas y todo verde tiende al amarillo. Menos los coigües.

Es curioso, pero desde hace un tiempo cuando llegamos al camino de tierra apago la radio. Al principio era porque el camino de tierra la hace saltar, pero ahora se ha convertido en una especie de ritual. Uno se convierte en un elemento más del campo, subiendo como un verdadero Gollum, curva tras curva hasta llegar a la montaña mágica. Para cuando llegamos arriba, los oídos están preparados. A uno siempre le venden eso del silencio del campo. Y el campo no es silencioso. No es estridente como la ciudad, pero tiene su soundtrack.

Fue impresionante registrar el sonido del otoño. Las hojas suenan al desprenderse de las ramas. Y a la más leve brisa, miles de hojitas de robles y raulíes caen al suelo, en una lluvia suave y crujiente. A veces se quedan planeando un buen rato por el cielo, otras quedan atrapadas en una telaraña invisible y parecen suspendidas eternamente en el aire.

El domingo almorzamos donde los Katz. Su cabañita está escondida en el bosque y mira a una quebrada. Ahí, mientras las hojas volaban cerro abajo, de un iPod salía el Unplugged de los 10,000 Maniacs. Todo tan simple. Un grupo de hombres y mujeres bajo los árboles, en torno al fuego, compartiendo carne y vino. Niños sucios jugando con palos, hojas y piedras. Fue atardeciendo y el sol puso todo más amarillo. La temperatura comenzó a bajar; fue la hora naranja en El Manzano y llegó el momento de partir. Los niños se durmieron en el viaje por el bosque oscuro, la luna estaba nueva. Y la radio, apagada.

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