Thursday, July 13, 2006

Diamante Demente

Al mundo le da pena que se muriera Syd Barret. A mí no tanto. No es que me de lo mismo que la gente se muera. Lo que pasa es que me entristecen las personas que pierden el juicio. Y pienso que cuando se mueren, descansan. Aunque no todos se ven pasándolo mal. Pienso en el Loco Covarrubias. La leyenda contaba que había sido estudiante de Derecho y de tanto estudiar se había rayado, refugiándose para siempre en la Biblioteca de Teología del Campus Oriente. No lo creo, pero tampoco es tan imposible. Nadie que se mete en la cabeza cinco años de materia en seis meses queda igual. A algunos les revienta el colon, a otros el cerebro. O ambos. El asunto es que el tipo, con su impecable inglés y sus circuitos chamuscados hace ya mucho rato, suele tomar café por las tardes en la Shell de Carlos Antúnez con Holanda. Siempre con la papa en la boca, citando a literatos, filósofos y teólogos de la más alta alcurnia intelectual. Se ve bien, pero hay algo en él que me causa tristeza.

Los acercamientos a bandas Más Grande Que La Vida pero en plena actividad no suelen ser estrictamente cronológicos. Uno parte por escuchar lo del momento y luego retrocede. Mis primos, mayores que yo, me regalaron The Wall en casette cuando tenía unos 10. Vi The Wall hasta la saturación, toqué la intro de Wish You Were Here con el Tan hasta el cansancio, floté todo un verano con Learning To Fly. Respiré quizás demasiado Comfortably Numb y Final Cut. Pero no fui hacia atrás hasta mucho después.

Me gusta el Floyd de Waters, angustias aparte. Me fascina el Floyd de Gilmour, se diga lo que se diga y la primera vez que escuché el Division Bell aluciné. Literalmente, uno podría decir. Pero seguía sin saber lo que era el primer Floyd. Muchas veces pensé que la idolatría a Barret podía ser un poco demasiado, que Waters era un gran motor y que Gilmour también hacía bien su pega. Pero dejé de pensarlo cuando el Paul en una de esas tardes de aburrimiento máximo me mostró Astronomy Domine. Luego Pedro me prestó su Box Set de Barret y The Stories Behind Every Pink Floyd Song. Ahí, entonces, pude cerrar el círculo.

Ahora que se murió Barret obviamente me puse a pensar, considerando que los Gilmour Boys nunca más grabaron, que para mí Waters definitivamente guateó y que On An Island no parece más novedoso que sus discos anteriores, cómo habrían sido las cosas si no hubiera dado el paso a un lado. El riesgo es siempre de los que continúan. Macca lo sabe bien. A los otros les toca dejarnos la duda. Material para la adorable especulación melómana. Exijo dignidad de los músicos chilenos, que no salgan a llorar por los diarios, como los que cada 8 de diciembre hablan del día que murió Lennon, con el detalle de que algunos usaban pañales y chupete. Nosotros pondremos más oreja a su Floyd y a sus discos, encontraremos más de él en canciones que conocemos y, de seguro, en otras que vendrán a partir de ahora. Da pena que alguien se muera, pero Barret cumple ya el rol múltiple de misterio doloroso, gozoso y glorioso, todo al mismo tiempo. Y ahora muerto y según yo, más feliz, le queda mejor.

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