Friday, November 09, 2007

Filosofía Barata y Zapatos de Lujo

Prefiero los ambientes en que hay hombres y mujeres. A todos nos hace bien compartir con los del otro lado; las mujeres nos ponemos menos minas y los hombres menos cavernícolas. Pero mentiría si negara el gusto que me da que mi pequeño grupo de trabajo esté formado por puras mujeres.

Estoy leyendo un libro que se llama El Sexo de las Emociones. Tiene más de diez años de editado, pero trata un asunto más viejo que el hilo negro: las mujeres y los hombres no se entienden y pareciera que algunas emociones son de hombres y otras de mujeres. Pero, ¿es tan así? Lo bueno es que no está abordado desde el punto de vista bestselleresco de Venus y Marte –libros que en realidad nunca leí- sino desde la perspectiva de la sicología y con base en estudios y datos duros. Como me gusta a mí. El asunto es que al parecer, como dijo David Lynch, las cosas no son lo que parecen. Efectivamente, todo indica que hombres y mujeres pueden experimentar las mismas emociones y que la diferencia estaría en cómo y, tal vez, cuánto las expresan. En otras palabras, no estaría en nuestro ADN ser histéricas ni en el de los hombres ser agresivos. Lo que ocurriría es una diferenciación más cultural que biológica a medida que los niños crecen, en que, entre otros, los padres estaríamos metiendo la pata. Era que no. Según dice este señor, niñas y niños son más o menos la misma cosa hasta el año y medio. Pero los padres, la mayoría de las veces inconscientemente, hacemos una cosa que se llama en sicologia “proyección”, que en simple es algo así como atribuir a otro características propias nuestras. Entonces, lo que ocurre es que las niñas son tratadas como mujeres chicas y los niños como hombres chicos, con lo que se perpetúan los modelos. No he terminado de leerlo, así que ya escribiré sobre las conclusiones.

He ido a muchos cursos sobre liderazgo, formación de equipos y trabajo en grupo. Conocí hoteles siete estrellas, comí como los dioses y hasta me probé unos Manolos en el mall más pituco de Miami. Pero creo que ninguno de esos cursos tiene el enfoque correcto. Por estos lados casi toda la paja del liderazgo, esa de los desayunos en Casa Piedra y seminarios de pacotilla pero con fotos para Capital, está hecha por hombres y para hombres. Por suerte la mamá de la Javi está trabajando fuerte en lo de los estilos de liderazgo y la contribución de las mujeres. Lástima que la mayoría lo acepte no más de la boca para afuera, sólo porque suena muy cool. Basta leer el diario.
Entre las cosas que me hicieron aceptar la nueva pega estuvo la posibilidad de manejar yo el grupo de práctica. Y decidí que lo haría a mi pinta, o sea como a mí me tinca y me sale y sin disfraz de hombre. Me ha cambiado la vida. Aunque debo admitir que gran parte del chiste está en que mis Padawanes son chicas de lujo, inteligentes, responsables, trabajadoras e hijas del rigor. Y amantes del buen zapato. Me he dado cuenta que es un asunto que va mas allá de saltar de lo personal a lo laboral y viceversa sin tregua o de trabajar en varias cosas a la vez sin problemas. O de escaparnos a la hora de almuerzo a una liquidación. No por eso dejan de reconocer mi lugar ni me pierden el respeto. Jamás las he gritoneado ni les he tenido que llamar la atención por nada. Un rayado de cancha con razones, preocupación y contacto constante y una buena dosis de humor es lo que se necesita para trabajar con mujeres. Con los hombres en cambio, la experiencia ha sido diferente. Me da lata que muchos se descolocan y se achanchan cuando no los tienen cortitos y el problema es que yo no sirvo para inspectora de colegio. Detesto a la gente floja, por más inteligente que me digan que es, habiendo tanto tonto aperrado que llega a hacer las cosas bien. Los hombres se ríen cuando pasan por mi oficina y ven como trabajamos, pero algo me dice no estarían muy cómodos en medio de nuestro productivo gallinero. En fin, yo sé que no va a ser siempre así, ni es bueno que lo sea, pero por mientras, estoy feliz. Trabajamos duro, aprendemos juntas y resolvemos problemas. Al mismo tiempo nos ayudamos, nos escuchamos, nos apoyamos, nos reimos mucho, vamos de compras y nos envidiamos los zapatos. La competencia de verdad está dura, pero nadie negaría que hoy los más bacanes son los míos.

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