Monday, November 16, 2009

Days Are (Not) Numbers

Vimos City Of Angels en el cine en 1998 y yo salí llorando con suspiros entrecortados. Entre la historia, Nicolas Cage, la casa en el lago, la música, Iris y Uninvited; no podría haber sido distinto. La pregunta es cómo diablos once años después, cada vez que la dan tenemos que verla y siempre terminamos destruídos. La última vez fue hace un par de noches y aunque me corrían otra vez las lágrimas, al menos hice un avance: ahora sé por qué lloro. No es por el guión que indigna a los fanáticos de Wenders, o porque la Meg Ryan se muere, ni es por las caras de pena de Nicolas Cage. No. Lloro porque ese basureado remake, me llega en planos obvios y directos, como la pérdida inesperada de la persona que uno ha elegido, y además me llega en planos que no había logrado visualizar hasta hoy.

Mi proceso comenza cuando Cage le pide a la Meg Ryan que describa con palabras cómo sabe una pera. Cuando está sentada en el camarín y la luz del sol de La Hora Naranja le está dando en la cara. Se puede sentir la sensación del sol en la piel. Primera pista: debe ser terrible no sentir. Continúa cuando la Meg Ryan ya se murió y mientras canta Peter Gabriel, aparece Cage sentado en silencio, mirándose las caras con su colega ex-ángel, como diciéndose "y aquí estamos ahora poh". Segunda pista: debemos terminar lo que empezamos. Y termina cuando aunque no puede escuchar a los ángeles, corre hacia el agua y hace playita y se ríe. Tercera pista: hay que reírse siempre. Si City Of Angels fuera una canción, sería mi himno. Pero no hace falta, porque existe Iris, con esa frase magistral: when everything feels like the movies, you bleed just to know your alive. Y el asunto es este: la película me zambulle de cabeza en dos temas: uno, la necesidad de sentir, la importancia de los sentidos para esta vida en este cuerpo y dos, el que nosotros tenemos el poder de elegir, pero después hay que apechugarle a lo que venga. Aún si nos nos gusta. El día que dieron City Of Angels había sido un día bien emotivo. En la tarde me había juntado con Manuel y la Meche y de pronto nos encontramos tocando y cantando sin planear nada mucho, pero todo salía y teníamos la carne de gallina y era como estar flotando a varios metros del suelo. En la noche, a la salida de la reunión en que nos anunciaron que se mantendrá la tutela de IHM sobre el Colegio, pusieron el Alma Mater y en esa parte en que dice "... a tie that grows more stong with years, that will ever remain through joys and tears, so come what may along life's way..." me dieron tiritones. Yo le explicaba al Feli que de tanto cantar eso desde Kinder, uno se lo termina creyendo y sabe que de ahí a uno le salen las fuerzas para hacer lo que hay que hacer, sea lo que sea, fácil o difícil, lindo o feo, feliz o triste. Porque sí, definitivamente, nos transformamos en lo que cantamos.

Días atrás, hacia el final de la tarde, fui caminando a la farmacia, con la Laura en su coche y al salir, miré los cerros que son como el respaldo de mi casa. No pude evitar sacarles una foto, aunque fuera con el teléfono. Pensé que mi papá adoraba los cerros y que fue él quien, aún con su particular estilo, nos enseñó sobre la importancia de ciertas cosas que no todos ven. Fue él quien nos hacía mirar los paisajes donde íbamos, nos hacía reconocer el paso de las estaciones del año en los mismos lugares, apreciar cómo crecían los árboles; nos enseño a sacar fotos, nos hablaba de arte y de música, nos cocinaba, nos hablaba de los olores y así aprendimos a transitar por la vida atesorando esos pequeños momentos de magia en medio de lo natural y obvio. Y nada de esto sería posible sin los sentidos. Ni con ellos dormidos. O suprimidos. No hay duda de que ir por la vida con los poros destapados tiene sus pros y sus contras, pero hay demasiado, demasiado que perderse. El olor de un hijo durmiendo, el sabor de un beso, el sonido de un piano o de un cello, el frío de una mañana de verano, el paso del tiempo en las fotos de la muralla. No hay una canción más hermosa sobre este tema que Annie's Song de John Denver. Siempre me emociono cuando la escucho. Me hace pensar que quizás nada de lo que somos o tenemos es perfecto, ni de una belleza absoluta, pero que tampoco parece ser tan torcido ni feo. Es lo que vamos eligiendo y por eso es nuestro tesoro y no estamos dispuestos a dejarlo ir. Algunos días son buenos, otros son malos, otros no son la gran cosa. Sin embargo es nuestro tiempo, son nuestros días y lo que hagamos con ellos es todo lo que tendremos.

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