Monday, March 05, 2012

Matar al Hijo

La semana pasada me pasé el domingo entero con la Magda. Toda la mañana sacándole los piojos y liendres, gentileza del verano y toda la tarde ordenando su pieza. Enseñándole a ordenar una pieza a una cabeza casi tan caótica como la mía. "Esta niñita tiene la mamá que necesita" me dijo una vez la Ana María, riéndose. Una de esas frases multinivel tan típicamente suyas, cuyos significados voy descubriendo en el tiempo. Este verano le pedí que me buscara una esencia para sintonizar con los niños. Para poder, en el relajo de las reglas y los esquemas, percibir lo que se esconde durante el año debajo de apuros, pruebas, obligaciones y clásicos delays tipo "bah, después vemos" o "cuando tengamos tiempo". En mi experiencia, nunca hay el tiempo porque el tiempo no se crea solo. Siempre hay que inventarlo.

Es posible que mi mamá haya sufrido este verano con las peleas y las insubordinaciones de mis criaturas. No son dóciles, ni obedientes, ni racionales. No hacen lo que no les convence, no les gusta la autoridad porque sí y son terriblemente cuestionadores. Aunque saben bien cuándo y con quién. Es una forma de crianza por la que pagamos un costo alto. Tenemos muy poco espacio propio, especialmente en vacaciones. Pero así lo hemos definido y a final los cabros son nuestros.

Cada verano descubrimos cosas nuevas sobre nuestros hijos. Vemos con emoción aquello en lo que se van convirtiendo. Y lo que van dejando de ser. Por eso siempre hemos llorado con la canción de Jessie en Toy Story 2 y con el final de Toy Story 3. Pero en realidad no nos corresponde llorar sobre la piel que dejan tirada en el camino. Mi papá, con su ADN melancólico y sus añoranzas de lo que nadie tuvo nunca muy claro si realmente fue, solía mirarnos con tristeza cuando descubría signos de crecimiento en nosotros. Creo haber percibido algo de rabia, quizás, también, alguna vez. Yo sentía que de alguna manera lo traicionábamos al crecer. Que ya no éramos lo que él quería, que tenía que resignarse a algo que no le gustaba y que no sabía si nos querría de esta nueva forma. Reclamaba como loco por la música que yo escuchaba, hecha por drogadictos decadentes, comunistas y seres degradados. By the way, Pink Floyd, Los Jaivas y Queen. Pero como dijo Cortázar, no se culpe a nadie. Es complejo lo que se siente cuando uno ve crecer a los hijos. La expresión de la Magda en su foto de primer día de clases esta mañana es muy diferente a las de otros años, cuando ponía caras chistosas y no le importaba reírse y no tener dientes. En la foto de hoy sonríe con la boca cerrada. Quizás porque tiene frenillos. Quizás porque encuentra que se ve mejor. O mayor. La vi muchas veces frente a un espejo que me robó este verano y encontré mi tapaojeras perdido y un par de rouges entre sus cosas cuando ordenamos. Todo lo que recibí cuando la miré en son de reto fue esa risa de estar pillada mezcla con "igual me vas a perdonar cierto?"

Escribo en el día del cumpleaños número ocho de Pedro, uno cuyo crecimiento nos ha puesto en aprietos más de una vez y claramente ya no es el adorable y tranquilo enanito rubio con abrigo rojo que recorría el condominio ofreciendo recoger las hojas de los liquidámbares. Y aunque tiene un genio del demonio, probablemente herencia mía, es un niño cariñoso, hace reflexiones muy lúcidas y nos hace reir. En este mismo día, mi querida amiga ha perdido la guagua que esperaba hacía poquitas semanas. Ella sabía que podía suceder. Yo sabía que iba a suceder. Y no he dejado de pensar en esa mañana de Febrero, cuando apenas enterados de que perderíamos nuestra guagua, ella apareció en el estacionamiento del Starbucks donde estábamos con el Feli, como si hubiera sabido. Fue ese el día que descubrí lo importante que era en mi vida y cuánto la necesitaba cerca mío. Y sí, tiene otros niños. Pero ella quería otro. No. No hay racionalidad que valga cuando se trata de hijos. Y menos mal, porque de otra forma jamás nos lanzaríamos a tamaña aventura. Como digo, no hay razones. Hay sólo emociones. A veces no podemos entenderlas ni menos manejarlas. Los hijos pueden darnos lata. Harta. Podemos odiarlos. Harto. Pueden asustarnos como el demonio mismo. Mucho. Pero el Universo siempre compensa y a veces hasta sientes que te premia. Comenzar a ver tus películas favoritas con ellos. Entregarles tus libros más queridos para que los lean. Hablar en guiños pop y cantar las mismas canciones. Mamá, ¿qué elegirías tú de tótem? me preguntó la Magda unos días después de ver como cinco veces seguidas Inception. Pedro estaba radiante cuando partimos el Sábado a 100% Fútbol y supo que podía elegir su regalo: la camiseta de Chile estampada con el número 7. A veces siento que es en esos momentos cuando el vínculo con ellos se vuelve más fuerte y que de ahí surge una complicidad que los lleva a portarse mejor y a respetarnos más. Claro, eso exige un intelecto y una emocionalidad con cierta sofisticación, por lo que te pasas una chorrera de años lidiando con la desobediencia y la rebeldía de tus críos inmaduros. No todo el mundo está dispuesto a hacerlo así. Pero estoy segura que el resultado final puede ser maravilloso. En fin. Parece que a doña Magda le gustó lo de tener su pieza ordenada. Ha comenzado a pasar largas horas en ella con la puerta cerrada y la música muy fuerte. Está feliz terminándose El Señor de los Anillos. Se pasea por la casa con su iPod y sus fonos celestes cantando canciones de Rihanna y David Guetta. Me agota a cada rato el saldo en GoMusicNow. Se conoce todas las aplicaciones cool para el iPhone. Y se hace rulos con mis tubos calientes. Como dijo Bob, Oh the times they are a-changin'. Pero adoro lo que veo. Ayer, cuando entré a su pieza, vi que había pegado fotos en la muralla de atrás de su cama y hecho un cartelito con su letra que decía "Friends".

0 Comments:

Post a Comment

<< Home