Saturday, February 07, 2009

La Punta del Cerro

Hace cinco años, cuando llegamos aquí, nos contaron que en lo alto de un cerro vecino existía una laguna. Por distintas razones, guaguas, embarazos y desalineaciones planetarias, nunca habíamos podido conocer la famosa Laguna del Huemul. Así que poniendo en práctica mis recientes aprendizajes, decidí hacer que ello ocurriera: armé una subida a la Laguna, con el Feli, Ofito y sus niños grandes y nuestro guía estrella, Lucho. Lucho nos dio a elegir entre dos rutas, la tradicional, que va por la lava y roca a pleno sol y una nueva, un poco más larga, pero que va casi todo el rato por el bosque y solo al final sale a la roca. En corto, lindo y fresquito el bosque, pero a los cuarenta minutos el único que no lloraba era Lucho.

Cuando me canso subiendo cerros dejo de hablar, pero no dejo de pensar y pensar y pensar. Echeverría diría que lo que ocurre es que mis conversaciones se quedan en el ámbito de lo privado y dejan de ser públicas, dado que nunca dejamos de lenguajear y de conversarnos a nosotros mismos. En la punta del cerro me acordé de cuando acampamos en El Morado, con Pobre Pibe y sus amiguitos exploradores y tuve que subir con esa mochila horrorosa y soportar un temporal de viento espantoso y dormir con piedras incrustadas en las costillas. Recuerdo que bajamos muy enojados pero tuvimos que ponernos en la buena porque pasamos horas esperando que despejaran el camino que había quedado bloqueado por un derrumbe. En todo caso el paseo es extraordinario y ver el glaciar fue impresionante. También me acordé del Otoño en que comencé a leer El Señor de los Anillos mientras los fines de semana subíamos los cerros de Santiago. Me pregunté qué habrá sido de mi amigo Paul, que nunca más me escribió y, oh Dios, de doña Mariana, que a pesar de su marido, sus cinco hijos y su van, terminó enredada con Marco, el instructor de step y guía improvisado de cerros. Me acordé de esa vez en el Cajón de Maipo, cuando nos dejaron atrás al Paul y a mí y se perdieron, mientras nosotros, pavos, nos pasamos la tarde sentados debajo de un Quillay, hablando de música y Star Wars. Nunca antes se me había hecho tan evidente que fuimos su cohartada perfecta por un buen rato y que no nos dimos ni cuenta. También pensé que ojalá no apareciera una araña pollito, pero que era bastante patudo de mi parte esperar eso, considerando que era yo la que me estaba metiendo en su territorio. Me acordé de cuando subimos el Volcán Chillán con el Feli, cuando éramos jóvenes y hermosos, como le decimos a la Magda; de cuando hicimos los trekkings de Yosemite y llegamos a meternos en el jacuzzi; de cuando subimos a las lagunas de Huerquehue con la Magda en la mochila, tres kilómetros y medio cada uno, de pura subida. Y también me acordé de esa columna de la Paula Serrano que hablaba sobre las vacaciones de las madres. En realidad esa columna era más bien para las madres abusadas por hijos y maridos en vacaciones, cosa que a mí no me sucede, pero terminaba diciendo que lo realmente difícil era tomar vacaciones de uno mismo, lo cual sí me llegó.
Me gusta subir cerros, porque es como un combate cuerpo a cuerpo con uno mismo. O cuerpo a mente, porque el cuerpo en realidad resiste mucho más de lo que la mente le quiere hacer creer. La aguafiestas de siempre. Uno quiere llegar arriba, pero se boicotea todo el rato, inventándose las excusas más estúpidas. Uno sigue adelante, pero igual piensa que en lugar de estar ahí con el corazón acelerado, transpirando, con esa sed de la yegua y los pies y las manos a punto de reventar, podría haberse quedado echado bajo un árbol, descansando. Pero hay algo absolutamente mágico en llegar a la cima de un cerro y mirar hacia abajo. Los montañistas lo llevan al extremo, pero a mí se me imagina que la sensación es parecida. Cuando terminamos de subir la maldita última parte, que es puro acarreo, me acordé de la sensación inolvidable del momento en que, cuando subimos con la Magda a Huerquehue, entramos en el bosque de araucarias y apareció la primera laguna. Esa vez pensé que así debía sentirse entrar en el Paraíso. Ahora creo que es mejor pensar que podemos sentir eso en esta vida, aquí, ahora y no después de morirnos. Y que el premio por ganarnos a nosotros mismos es esa sensación maravillosa de tener el cuerpo exhausto y la mente en blanco.


Monday, February 02, 2009

Now I'm Here: It's A Kind Of Magic

A algunas personas les gusta ir todos los años de vacaciones a un lugar diferente. A mí me gusta lo contrario. Algarrobo es dato de la causa, venía con el marido. Y qué le hace el agua al pescado, unos días de playa, casi gratis, no están nada mal. Pero otra cosa pasa con Las Trancas. Mis vacaciones no comienzan sino hasta que el camino se empieza a elevar y aparecen los primeros coigües, el Nevado de Chillán con sus nieves eternas y finalmente los cráteres del Volcán Chillán. Adoro entrar a nuestra cabaña, que ya es como si fuera nuestra luego de cuatro veranos y una rodada escalera abajo del Feli. Como siempre llegamos en la tarde, a mi pieza entra la luz exquisita de la Hora Naranja. Adoro dejar los libros que leeré en la repisa de la ventana y poner mi almohada en la cama. Me encanta cuando ya está todo en su lugar y pareciera que hay un siglo por delante.

Me gusta venir siempre aquí porque puedo ver cómo va creciendo mi manada. Cada año han cambiado y yo puedo observarlos y comparar. Percibir lo que están necesitando, responderles lo que se están preguntando, evaluar dar más libertad a los grandes y asignarles pequeñas responsabilidades. Los miro jugar, los escucho hablar, gritar, pelear y así puedo hacer la pega de las vacaciones. Sí, señores, por si no lo sabíamos, las vacaciones no se hicieron para que los padres nos echemos a descansar. Después de todo, se trata del único momento del año en que podemos dedicarnos en cuerpo y alma a transformar a esa a veces odiosa tribu en la familia con que soñamos. Todos los años me llevo de vuelta una lista de tareas, propósitos y conversaciones pendientes con los niños, con el Feli y con la Nana. Pero no es terrible. Al contrario, me gusta.
En El Arbol del Conocimiento aprendí que los seres humanos nos estamos haciendo constantemente, que estamos en eterna producción de nosotros mismos, tanto en lo corporal como en lo emocional. Por eso ser padres es difícil y requiere un esfuerzo y dedicación que muchas veces exceden nuestras fuerzas y capacidades. Pensar que hay gente que no se hace cargo de esto y que luego uno termina lidiando con sus odiosos retoños. Una de las cosas que más disfruto aquí es conversar con los niños, especialmente por separado. Entrar en sus mundos es fascinante. Escuchar a la Magda mientras paseamos a caballo o al Pedro antes de dormir es mágico.
Cada año me cuesta más dejar Las Trancas. Siempre me voy prometiendo que vamos a volver antes del próximo verano, pero la verdad es que todavía nunca hemos visto el Otoño rojo-amarillo ni hemos venido en Invierno. También me voy jurando que intentaré mantener el espíritu durante el año, pero llego a Santiago rabiando y gruñendo. Seguro este año haré lo de siempre: me bajaré del auto, entraré al living, veré el caos en que quedó convertida la casa al irnos y miraré el árbol de Navidad todavía armado. Pasaré directo de la descarga al desarme: harto que hacer para poco pensar. Me dormiré tan cansada que por la mañana no quedará más que aceptar que estoy de vuelta. Pero ahora estoy aquí y sé que cuando abra los ojos en la mañana y corra la cortina voy a ver el cielo celeste entre las hojas verdes de mi bosque y que olerá a café recién hecho y fuego encendido.

Sunday, February 01, 2009

Oeisis

Hace un par de noches, luego de un día agotador con los tres monstruillos, nos escapamos con el Feli a por nuestra dosis de cerveza y de conversa adulta. Me decía que cada vez que está aquí tiene sentimientos encontrados; una mezcla de recuerdos, malos, mejores y buenos. Ambos coincidimos en que los mejores son los recuerdos de cuando éramos muy chicos y comienzan a empeorar a medida que vamos transformándonos en adolescentes. Yo de verdad me pregunto si alguien tiene buenos recuerdos de su adolescencia, más allá de borracheras memorables y primeros besos. También yo tengo sentimientos encontrados con este lugar. Me gusta venir, porque es parte de mi vida, pero detesto el reggaeton y el olor a fritura. Odio las ferias artesanales en que venden juguetes chinos y Crocs mula. No soporto que hayan talado los bosques del Canelo para darle vista a los nuevos edificios, ni que la isla ya no sea isla. La Magda no me creía que esa roca pelada fue hace sólo treinta años una isla con cipreses encima y con pingüinos que se asoleaban en su orilla. Pero más me carga escuchar la cancioncita –que ya lleva casi cuarenta años- de que Algarrobo ya no es lo que era antes y que la gente cambió. Me dan ganas de mandarme un Jorge González.

Yo recuerdo el olor de los macrocarpas en un día nublado, en Algarrobo Norte, con esas olas enormes de espuma blanca bien espesa. Recuerdo los Festivales de Viña, a Neil Sedaka y su mameluco horroroso con humita y cierre atrás. Recuerdo las canciones de esos italianos que cantaban en castellano a principios de los 80. Y que aquí descubrí a The Police. Adoro entrar a La Estrella y sentir esa mezcla de olores, de frutas con verduras. Amo el olor de los choclos y la albahaca, porque me hace pensar en mi abuela y mi mamá, en esos veranos interminables colgados de sus faldas. Hace unos días, paseando a la Laura, un olor mezcla de eucaliptus con leña me transportó a una tarde caminando con mis papás y hermanos, entre los árboles de la iglesia de Santa Teresita. Si alguna vez me pidieran hablar de un momento feliz de cuando era chica, ese es uno poderosísimo. Se me llenaron los ojos de lágrimas y me habría puesto a llorar como una guagua si no me hubiera encontrado en ese momento con la Cecilia y sus niñitas que bajaban a la playa.

No sé por qué me dio por escuchar a Oasis en Algarrobo. Supongo que es culpa de Dig Out Your Soul. En el tiempo en que el mundo se dividía entre Oasis y Blur, yo estaba con Blur. Nunca me compré un disco de Oasis, aunque sí me gustaba un par de canciones. Pero a veces la pega de conductores de radio y columnistas de música se llega a justificar. Y después de Don’t Believe The Truth y de su concierto en vivo me declaré atrapada por sus canciones. Ahora, con Dig Out Your Soul definitivamente les creí. Son la raja. Y me gustaría tocar guitarra como Noel Gallagher. Una mañana saqué a la Laura y en mi iPod sonó Champagne Supernova. Bajé mirando el mar con mi guagua en su coche. El cielo estaba azulino y sin nubes. Estaban comenzando mis vacaciones. Un letrero promocionaba un boliche de hot dogs y pizzas abierto 24 horas al día: ¿Bajón? Ven a Oasis. Y yo empecé mi paseo por la orilla de la playa escuchando Live Forever.